jueves 17 de abril de 2008

La (implacable) teoría del caos

Un amigo mío, ejecutivo de altos vuelos, quien ha hecho una gran carrera al frente de un puñado de organizaciones AAA, hoy se siente deprimido y derrotado, aturdido por los crueles fantasmas del fracaso.
Él ha sido siempre un temible control freak y un incurable partidario del micromanagement. Su argumento principal para dirigir bajo la técnica de soplarle en el oído a sus equipos directivos es que no hay otra manera de conseguir los resultados, ya que él cree que la gente, por definición, es demasiado dispersa para concentrarse en la meta.
Una y otra vez, bajo distintas circunstancias y muy diferentes culturas organizacionales, ha logrado su propósito. Su premisa de “nadie es digno de confianza hasta que demuestre lo contrario”, que supone ejercer una presión constante a los ejecutivos de todas las áreas de una empresa, había funcionado como reloj suizo… hasta antes de aceptar conducir las riendas de una compañía que –se lo dijeron sus colegas- era un monstruo indomable.
Para este hombre el adjetivo “indomable” no era más que un reto interesante en su carrera. Y aceptó.
Con toda su experiencia a cuestas, replicó uno a uno los procedimientos de su manual de liderazgo corporativo. Látigo en mano, mostró a los ejecutivos de la corporación que la calma que imperaba en la organización se transformaba, por decreto, en un huracán grado 5. Varios no le creyeron. Los echó. Y trajo sangre fresca, más ad hoc a su estilo personal de dirigir, a quienes colocó en sitios estratégicos.
Pero no importaba que hacía, a quién corría, a quién traía: ahí no cambiaba nada. Era como si, tras partir en cuatro al ciempiés, sólo lograba que el animalito se volviera a reproducir sin pausa.
Durante sus peregrinaciones nocturnas, cada día más frecuentes gracias a la aparición casi permanente del insomnio, le vino a la mente la teoría del caos para tratar de ordenar su mente y ponerle orden a ese mundo no lineal, complicado e impredecible. Pero la ecuación matemática no cuadró, porque la teoría sólo le ayudaba a explicar la aparición sucesiva de ciertas características impredecibles, pero descriptibles de manera concreta y precisa, es decir, un esquema ordenado de movimiento no predecible. Sin embargo, lo que había en la organización era una total y absoluta ausencia de orden: el reino de la confusión generalizada.
Tantas veces que él había utilizado la metáfora del efecto mariposa (muy usado en meteorología para explicar la naturaleza no lineal de la atmósfera, donde es posible que el aleteo de una mariposa en determinado lugar y momento pueda ser la causa de un huracán del otro lado del mundo), tan sencillo para explicar el caos y tan efectivo para resolverlo.
Trató, durante días y noches, sin tregua, de encontrar las variables de la Nueva Teoría del Caos, experimentando con más cambios en gente y en procesos por un lado; sin modificar nada, por el otro. Su objetivo era encontrar una representación coordinada de variables independientes, en el entendido de que en los sistemas caóticos se logra encontrar trayectorias con movimientos casi periódicos.
Nada. Pasó más de un año y no logró domar a la fiera. Ni siquiera pudo entender en qué momento la fiera misma se lo devoró.
Lo que yo sí entendí fue su depresión, porque me lo encontré un día después de la Asamblea de Accionistas, en la que entregó su carta de renuncia, en la que él mismo reconoció haber sido derrotado por la implacable teoría del caos. En su posdata escribió: “Fui víctima de las variables incontrolables de la inercia”.

El autor es editor de revistas y trata, una y otra vez, de mover los brazos replicando el movimiento de las alas de una mariposa.