¿Algún otro verbo se conjugará con tanta frecuencia como el de “grillar”?
Quién esté libre de culpa, que tire la primera piedra.
Disculparán la referencia bíblica, pero el pasaje histórico aplica convenientemente al tema: la grilla como práctica institucionalizada en las organizaciones mexicanas, como extensión innegable de lo que ocurre siempre que se reúnen tres o más mexicanos en un pasillo.
La grilla es un acto de transferencia de culpas. A conveniencia de uno, el otro es siempre responsable de lo que se hizo o no se hizo que haya causado daños. En ese deseo incontenible pero jamás confesado de celebrar el naufragio ajeno, nos pintamos solos. Refugiados en el sigilo y en el secreo, sonreímos y disparamos simultáneamente a placer, con el ánimo de que en la foto final quede registrada la sonrisa.
Quizá la grilla sea, de hecho, el placer culpable más extendido de hombres y mujeres de oficinas (públicas o privadas, es igual). Es n modo lícito de joderle la vida a alguien más, siempre con el reto de que no se sepa que uno es el que está lanzando las bombas por ahí. A partir de esta plataforma se alcanzan distintos niveles de sofisticación, dependiendo del grado de perversidad inteligente de quien ejerce la práctica. Porque tenemos que admitir que en todas las organizaciones, sin excepción, existen profesionales de la grilla. Camuflajeados por un entorno competitivo, los pros –a diferencia de los ingenuos amateurs- tienen bien estudiado el mapa bélico de su propia corporación: estudian pacientemente cada movimiento de su(s) víctima(s) y diseñan sus estrategias de ataque con un nivel de detalle digno de ser imitado por los más prestigiosos generales. Además, son incansables: ni los fines de semana se distraen o desconectan de la faena, porque aprovechan cada minuto para preparar la batalla que sigue.
Para hacer el punto, traslademos la práctica a la esfera geopolítica. Muchos de nuestros actores políticos tienen articulado un discurso inagotable (si bien endeble) en el sentido de que todos los males que sufrimos se orquestan en Washington, donde una suerte e Big Brother del poder absoluto está permanentemente conspirando en contra de los pobres mexicanitos (súmense todas las nacionalidades latinoamericanas). Sin afán de liberar de culpas a los vecinos del norte (cargan con las maletas llenas, pues), la realidad es que este discurso es sólo un ejercicio de evasión de realidad y transferencia de culpa, porque la gran mayoría de los problemas locales son generados por las decisiones que toman nuestros propios políticos. Pero el manual de operación de la grilla exige achacar el fracaso a alguien más. Digamos que si alguien desea aprender mejores técnicas para grillar a sus vecinos, que recurra a las lecciones gratuitas que imparten personajes como Hugo Chávez o Andrés Manuel López Obrador, quienes han llevado esta práctica a la categoría de arte.
El autor es periodista y escritor y se ha vuelto muy pero muy suspicaz.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
4 comentarios:
Me encanta, pero me quedé con ganas de leer mucho más al respecto.
Sí, y cuando uno está frente a frente con un grillo profesional, le pasa a uno por la cabeza de repente:
"Bueno, pero tampoco creo que llegue a tanto..."
Siguiente escena: "sí, sí llegó a tanto".
En fin, que se ven unas cosas que ni Sun Tzu.
Tengo entendido que a los que les dicen grillos son los que se atreven a decir lo que piensan de frente, bajo todas las circunstancias y consecuencias, tomando en cuenta que en México pocas personas actuan asi, les llaman grillos para diferenciarlos de los otros, los que comunmente tiran la piedra y esconden la mano, ¿Será? Saludos.
No, no, no, los grillos jamás actúan de frente. Es justo al contrario!
Javier
Publicar un comentario en la entrada